Probióticos y deporte

Un estilo de vida saludable incluye una vida activa, con ejercicio regular y una alimentación equilibrada, rica en frutas y verduras y pobre en alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas o exceso de proteína animal. Así, el deporte es altamente beneficioso para muchos procesos de nuestro organismo como la salud cardiovascular, el control de la glicemia, la mejora del perfil lipídico y la disminución del riesgo de padecer ciertas enfermedades como osteoporosis o cáncer, entre otros muchos beneficios.

Sabemos que la dieta puede influir notablemente en nuestra microbiota intestinal, aquellos microorganismos que conviven en nuestro tracto gastrointestinal y que son beneficiosos a muchos niveles, tanto para nuestra protección como para mejorar nuestro metabolismo.

De hecho, muchos de los factores que influyen en un estilo de vida saludable también promueven una microbiota saludable. Por tanto, es de esperar que el ejercicio físico también pueda influir en la composición y función de nuestra microbiota.
Cabe recordar, además, que una reducción en la abundancia de la microbiota o una alteración en su composición, también conocida como disbiosis, están asociadas con efectos negativos sobre la salud. Es por ello que es necesario cuidar de estos microorganismos que habitan en nuestro interior, y ¿por qué no haciendo deporte?

¿Cómo influye el deporte en nuestra microbiota?

Se ha demostrado que en atletas existe una composición diferente en la microbiota desde el punto de vista funcional, encontrando microorganismos relacionados con el metabolismo de los aminoácidos y los carbohidratos (la fuente de energía para nuestros músculos) así como con la producción de ácidos grasos de cadena corta. Ejemplos de estos microorganismos incluyen al género Prevotella o Methanobrevibacter smithii.

La práctica de ejercicio físico aumenta la producción de butirato (un ácido graso de cadena corta que sirve de alimento para nuestro intestino). Además, estos ácidos de cadena corta también son capaces de regular el metabolismo energético (la utilización de energía por parte del músculo). Por lo que se puede ver una relación de beneficio mutuo entre el ejercicio y la microbiota a nivel energético. De hecho, el butirato también ayuda a proteger frente a enfermedades como el cáncer de colon y la enfermedad inflamatoria intestinal. Por otra parte, el deporte favorece la reducción del tiempo de vaciado intestinal disminuyendo el tiempo de contacto de los patógenos presentes en ese contenido con la mucosa intestinal, previniendo la aparición de enfermedades gastrointestinales. Así que teniendo en cuenta todos esos factores, el ejercicio regular participa en la prevención de este tipo de enfermedades.

Además, cuando practicamos ejercicio físico liberamos diferentes hormonas, como el cortisol. El cortisol se libera en situaciones de estrés para disponer de suficiente cantidad de glucosa (nuestra fuente de energía) en sangre para que las células de nuestro organismo puedan funcionar correctamente. Esto favorece que los músculos de nuestro cuerpo tengan energía suficiente para trabajar durante el ejercicio. El cortisol influye notablemente en la microbiota. Esta, a su vez, también es capaz de producir ciertas hormonas y neurotransmisores como la serotonina (relacionada con el estado de ánimo y las emociones) o el ácido gamma butírico (un neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso que es capaz de regular el tono muscular). Así hay una comunicación bidireccional entre la microbiota-intestino y el cerebro, de manera que ambos se influyen a través del conocido eje microbiota-intestino-cerebro (para los más familiarizados con el término inglés, el Gut-Brain-Axis).

Recientemente también se empieza a hablar del gut-muscle axis (el eje intestino-músculo). Diversos estudios en animales han demostrado la relación existente entre la sarcopenia (disminución de masa muscular) asociada a la edad con ciertos tipos de composición microbiana donde hay una reducción en géneros antiinflamatorios y proanabólicos. Dado que con el tiempo nuestro metabolismo cambia también es de esperar que lo haga nuestra microbiota. Así pues, un buen aporte de fibra y ejercicio moderado permitirían mantener en mejores condiciones nuestro intestino, además de nuestros músculos.

El ejercicio también es capaz de incrementar la diversidad de la microbiota, por ejemplo, a través del incremento de bacterias acidolácticas, capaces de modular la inmunidad mucosal y la exclusión de patógenos. También se ha observado un aumento en la abundancia de grupos bacterianos productores de butirato como clostridiales, Roseburia, Lachnospiraceae y Erysipelotrichaceae, dando lugar a un incremento en los niveles de este componente protector en el intestino, promoviendo así la salud intestinal.

El deporte no solo produce cambios en la microbiota; a nivel gastrointestinal también se produce un incremento en los movimientos intestinales o la disminución de la consistencia de las heces. No obstante, estos cambios son reversibles, de manera que si no se practica el deporte se vuelve al estado original o de partida, muchas veces influido genéticamente. Así, como más constante sea la práctica deportiva más duraderos serán los cambios en la composición de nuestro ecosistema.

El ejercicio intenso, en cambio, no presenta los mismos beneficios que un ejercicio moderado. Por ejemplo, un ejercicio más extenuante es capaz de incrementar la permeabilidad intestinal (el pequeño espacio que existe entre célula y célula del intestino), lo que comporta un incremento del paso de sustancias no deseadas al interior de nuestro organismo. Un ejemplo de este tipo de substancias son bacterias patógenas o sus productos tóxicos, que al entrar en circulación sistémica provocan inflamación. Además, después de un ejercicio intenso, como en el caso de una maratón, también se pueden dar cambios a nivel de la composición de la microbiota, incrementando la presencia de especies proinflamatorias. Así, la administración de probióticos o prebióticos en este tipo de deportes extenuantes podría ser una buena manera de prevenir los efectos nocivos que provoca la disbiosis derivada del esfuerzo.

En definitiva, el ejercicio moderado es un excelente aliado en el tratamiento de enfermedades asociadas a una alteración en la microbiota, principalmente ciertas enfermedades intestinales como enfermedad inflamatoria intestinal (Crohn o colitis ulcerosa) o el síndrome del intestino irritable. También supone una mejora considerable para las personas que sufren de enfermedades inflamatorias asociadas a la edad, ya que ayudan a disminuir la inflamación.

¿Pueden los probióticos mejorar el rendimiento deportivo?

Muchas personas buscan poder mejorar el rendimiento deportivo para mejorar sus propias marcas. Podemos encontrar toda una gama de posibilidades que va desde pequeños actos como una dieta adecuada y un horario específico para practicar deporte, hasta el dopaje en competiciones de alto nivel. Dentro de estas, dado que el deporte favorece la microbiota, la pregunta que se nos plantea es si, a su vez, esa microbiota puede mejorar el rendimiento deportivo. ¿Y puede un probiótico favorecer una microbiota capaz de mejorar el rendimiento deportivo? La respuesta no es tan sencilla.

Existen algunos estudios que muestran como la ingesta de ciertas cepas probióticas tiene un efecto favorable en la digestión de carbohidratos y proteínas, procesos que deben ser óptimos en un atleta o producen un incremento en la biodisponibilidad de hierro de la dieta. También existe algún estudio en el que otros probióticos ayudan a reducir el deterioro del rendimiento deportivo asociado al daño muscular. Sin embargo, no está claro si otros factores pueden haber influido en los resultados como los hábitos alimentarios, los nutrientes ingeridos o el porcentaje de grasa corporal de los participantes. Conseguir comparar toda la información que se extrae de estudios como estos es complejo. Muchas veces, la gran variabilidad en los resultados no permite extraer una conclusión clara. Esto es debido a la enorme cantidad de factores que influyen en la composición de nuestra microbiota (la genética, el estrés, la nutrición, la edad, el consumo de antibióticos, etc.).

Hará falta esperar un poco más para conocer la relación entre dieta, microbiota y su modulación a través de probióticos y deporte, pero mientras tanto no hay que olvidar cuidar de todos ellos a través de una vida activa acompañada de una buena alimentación y libre de estrés.

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María José Rodríguez-Lagunas

María José Rodríguez-Lagunas

Profesora asociada del Departamento de Bioquímica y Fisiología Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación Investigador del Instituto de Investigación en Nutrición y Seguridad Alimentaria (INSA) Universidad de Barcelona
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